«Post» de Björk

14-10-2024 | Lunes de Icónicos

En este lunes de icónicos, la trascendental obra protagónica  podría resumirse en lo general con el concepto de “promiscuo”, uno de los adjetivos que la transgresora artista islandesa Björk enlistó en su podcast de 2022 «Sonic Symbolism» para describir su segundo trabajo discográfico «Post», pero lo que parece ser una percepción particular sobre la naturaleza de su obra, es en realidad, una declaración de amor por la autenticidad creativa y pasión por un eclecticismo musical que alcanza el equilibrio entre todos los elementos de los que se inspira, sus influencias y voces antecesoras, siendo capaz de reconocer plenamente su punto de partida, pero arriesgándose también, a predecir su emblemático destino.

En la actualidad, el impacto artístico de Björk no amerita introducción. Su influencia musical, marcada por la creación de universos viscerales en las periferias del pop experimental, habla por sí solo. La trayectoria que ha construido como cantante, compositora, actriz, multiinstrumentista, DJ y productora se encuentra siempre inherente a la aclamación y el reconocimiento por una razón concreta: la devoción por el arte, especialmente, aquel que se expresa desde las profundidades más íntimas del ser.

Diferente era el contexto durante la década de los 90. Entonces, su nombre resultaba relativamente nuevo y el protagonismo máximo musical era masculino en su mayoría. Björk recién había comenzado su carrera en solitario con su magnético y bailable álbum «Debut», mientras se desprendía de las costumbres del trabajo colectivo en la creación musical tras haber formado parte previamente de agrupaciones como The Sugarcubes. Pero un atisbo de curiosidad por el caos impecable y la colisión de melodías diversas, permanecía latente en su imaginario, hasta que encontró su lugar de pertenencia en el extraordinario y revolucionario «Post» lanzado en 1995.

Inicialmente, el primer álbum en solitario de Björk mostraba un definido interés en la música de club y el pop más burbujeante de la época, el de las fiestas y los raves, influenciado por la tendencia house, el dance y el techno en sus instantes más arriesgados. Presentaba clásicos para reventar la pista de baile, pero dejaba también, un generoso espacio para una introspección casi catártica y extremadamente lúcida de su sentir emocional. 

Las letras en sus canciones presentaban historias sobre una chica valiente que disfrutaba entre notas musicales, las maravillas de la emotividad; el amor y su dolor; la pasión o el enamoramiento voraz, siempre desde una lente metafórica pero honesta y osada, desprendiendo orgullo por ser capaz de sentir y elevando esos pensamientos a su expresión más poética y cautivadora.

El «Post» es en gran medida, un álbum más ecléctico en la expresión total de la palabra, caracterizado por la ausencia  de una visión musicalmente hermética. La clave propia de su coherencia es precisamente, la sensibilidad emocional que emerge al rojo vivo entre cada una de sus narrativas, en las que destacan principalmente, sus pensamientos en torno a la crudeza del amor o el miedo ante la dualidad de incertidumbre y fascinación por el caos de la vida urbana y la globalización.

Pero, algo que resplandece por sobre todos los aspectos en la personalidad del álbum, es un efímero deseo de conocer el vigor en color rosa saturado de la vida de una estrella pop, aún cuando fuese bajo sus propias reglas y respondiendo a un proceso de metamorfosis momentánea, motivada por los drásticos contrastes entre los clubes nocturnos, la exposición pública y los sintetizadores efervescentes en comparación con la suave tranquilidad y plenitud de su natal Islandia.

En tanto, algo que caracterizó al proceso creativo de este segundo álbum de Björk, es que se vio influenciado por el anhelo de otorgar una continuidad frenética a los ritmos vibrantes del «Debut», pero, con toda la intención de diversificar la paleta de colores musicales y forzar sus límites imaginables, siendo esta curiosidad por las fronteras en la experimentación de diversas corrientes musicales, lo que plantó las primeras semillas del legado de este álbum en la historia de la música pop.

Fue el productor británico y anterior colaborador Nellee Hooper quien se unió nuevamente a la producción del álbum, pero además, de entre esa misma escena de dance-pop, participaron también Graham Massey y Howie B., así como el reconocido productor de trip hop, Tricky, se sumaría igualmente a la producción proyecto. Añadiendo cada quien, tonos singulares y diferenciados a este collage musical.

El sonido en «Post» puede describirse de tal manera porque, aunque es pop que se desarrolla en resumidas cuentas desde la posición experimental e intrépida del art pop, por las venas del álbum corren latentes influencias de música electrónica y dance alternativo, tal como puede apreciarse en la voraz y furiosa introducción «Army Of Me», que desde su intrépido estruendo de entrada enmarca la rebeldía que la colección desarrollará a lo largo de sus 11 pistas y 46 minutos.

Se habla de diversidad sonora porque en este recorrido pueden apreciarse infinidad de detalles, como pueden ser las pinceladas de trip hop en la hedonista y energética «Enjoy», hay cantos en islandés durante el estribillo de «The Modern Things» y una interpretación vibrante de jazz captura toda la atención durante el maravilloso y sublime cover de «It’s Oh So Quiet» de Betty Hutton.

Pueden destacarse igualmente, las influencias de tribal house en los segmentos puramente instrumentales de la idílica «I Miss You» o inclusive, la atemorizante intimidad de «Cover Me», canción que fue grabada completamente dentro de una cueva con el fin de añadir un experimento todavía más arriesgado a las sesiones de grabación del álbum.

Estos son detalles que se suman como componentes autónomos y que, además, amplían el paisaje sonoro de una colección tan apasionada en sus instrumentales, como lo es en sus narrativas, porque este es un álbum en el que confluyen emociones de todo tipo y en el que Björk se toma la libertad de expresar facetas distintas respecto a experiencias sentimentales concretas .

Puede ser, el romantizar introspecciones en torno al amar románticamente sin dejar de abrazar la esencia propia, en los versos de «Hyper-ballad» o el quiebre y vulnerabilidad en lo que podría ser una de las mejores baladas electrónicas de rompimiento de los años 90 «Possibly Maybe». No obstante, Björk no se limita únicamente a una emotividad íntima, sino que, por momentos, esos pensamientos trascienden hacia una visión más colectiva.

Tal es el caso de la oda casi romántica a la inminente conquista tecnológica en «The Modern Things», o la apasionada carta de amor a la música y su poder sanador «Headphones», que cierra el álbum en la nota más sensible posible, reconociendo como testimonio ferviente: “mis audífonos, ellos salvaron mi vida”.

Además, este pensamiento funge como una tesis para el álbum, tal como ella menciona en el podcast «Sonic Symbolism»: “puedes tener todos estos diferentes géneros y hacerlo cohesivo porque lo que está manteniendo todo esto junto, es tu amor por la música”.

Y eso es lo que hace de un álbum como este, un instante icónico en la historia músical, la inevitable posibilidad de su rebelde existencia en tal contexto: la década de los 90, durante la cual surgen clásicos indiscutibles que marcaron las memorias de este arte. Desde la masiva expansión de la música rock, hasta las potentes percusiones del trip Hop.

En dicho escenario, la homogeneidad y precisión resultaron clave para los álbumes definitorios en la consolidación de algún género o subgénero musical e inclusive puede afirmarse que la experimentación estaba regulada por las voces críticas más establecidas.

Además, al menos en su expresión más reconocida tanto por periodistas como por críticos musicales, la epítome de la creación musical estaba moldeada por hombres y su experiencia. La voz femenina no estaba totalmente silenciada en la música, pero sí se reducía completamente como una expresión de menor valor, las propuestas musicales de mujeres en la época no suelen estar rodeadas por la misma cantidad de aclamación que las de los hombres.

En torno a esta problemática, una experiencia que resuena en los recuerdos de Björk al mencionar la motivación detrás de la audacia de su «Post» es que no había buenas publicaciones sobre música hecha por mujeres y la siguiente cita del podcast «Sonic Symbolism» encapsula su sentir ante la falta de comentarios serios ante las composiciones femeninas, recordando una reseña negativa escrita por algún adepto de la música rock. Específicamente, sobre un lanzamiento de la emblemática artista británica Kate Bush:

hablaba tan mal de ella, como si fuera música de tercera clase (…) fue tan sexista, ¿sabes? Pero estaba bien escribir críticas enormes sobre bandas que cantaban sobre tetas y cerveza, o sobre el abuso de sustancias o ya sabes, pero la vida cotidiana de una mujer era un área menor, de alguna manera, una forma de arte menor”.

Esta es una entre varias de las razones por las que, «Post» es uno de los cimientos más sólidos en la consolidación del título de Björk cómo una artista visionaria, porque en la actualidad las tendencias han cambiado y ahora la diversidad musical y la ruptura entre fronteras de los géneros musicales se aprecia como un factor que añade profundidad y personalidad a una obra, especialmente dentro de la música pop y sobre esto pueden enlistarse varios ejemplos icónicos al respecto.

En días más recientes se ha celebrado la incursión entre ritmos de reggaeton, hip hop y art pop que presentaba ROSALÍA, mientras coqueteaba con símbolos de la cultura japonesa en su «MOTOMAMI» de 2022; el rebelde manifiesto que plasmó Mon Laferte en el «AUTOPOIÉTICA» de 2023, que fusiona imágenes religiosas y empoderamiento femenino con guiños de hyperpop, ritmos latinos y otras formas del pop experimental; o inclusive el «RENAISSANCE» de Beyoncé que reivindica los orígenes de la música dance y house.

Puede distinguirse que estos proyectos se han incrustado en el imaginario colectivo de iconicidad femenina en la cultura pop, porque estamos en un momento en el que no resulta osado afirmar que las más grandes obras musicales, vienen mayoritariamente protagonizadas por mujeres que, desde diversas lentes emocionales se embarcan en travesías a través de la diversidad de los ritmos y  sus posibles interacciones.

Pero Björk reconocía esa herramienta desde los inicios de su carrera, frente a un escenario en que el impacto cultural de la música se moldeaba arbitrariamente, desde un arquetipo esencialmente hetero-patriarcal, enfrentando el conformismo crítico y la superficialidad en el entendimiento del sentir femenino, todo mientras trazaba también, los matices auténticos de su propia ruta artística.

Aunque su «Post» suele entenderse como un proyecto de transición hacia la electrónica potente y definida del «Homogenic» que se lanzaría en 1997 o el íntimo y minimalista romance invernal de «Vespertine» de 2001, la realidad, es que resulta igual o incluso más valioso que sus sucesores, puesto que presenta y celebra la música pop de una manera fervientemente reivindicativa.

Un álbum que es tan bailable como sentimental, empatizable sin dejar de ser íntimamente poético y que obligó, por un instante a la crítica y prensa musical a dejar de pretender que las mujeres no estaban haciendo música magistral. De ahí que tantas listas de publicaciones famosas en torno a “Los mejores álbumes de la década de los 90” se empapan de títulos de rock y pop masculinos, pero también figura en ellas, alguno que otro proyecto de Björk, de entre sus primeros lanzamientos.

Ultimadamente, con «Post», Björk presentaba para un escenario tan fructífero como conflictivo para la música, un ejemplo clave de la perfecta colisión de diversos estilos musicales dentro de un pop inteligente y ambicioso, que cobró un sentido único a través de la honestidad emocional y el promiscuo frenesí artístico de una creadora intrépida, quien se muestra en el impactante visual de su portada, mirando desenfrenada, temeraria y de frente al mundo abierto y la vasta infinidad de sus posibilidades.

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