«Sing Street»
El cine y la música han estado conectados de varias maneras a lo largo de las décadas, pero son contadas las ocasiones en que ambos mundos colisionan con tanta magia.
Durante los últimos años ha habido un director-autor que ha sabido llevar a la pantalla su propia melomanía. Nos referimos a John Carney, quien en 2016 estrenó posiblemente su mejor película hasta la fecha. En este jueves de cine, traemos de vuelta a «Sing Street».
El séptimo largometraje de Carney nos sitúa dentro de la vida de Conor (Ferdia Walsh-Peelo), un adolescente que comienza a enfrentar grandes cambios. La recesión económica afecta a la Irlanda de mediados de los 80 y sus padres, que están al borde del divorcio, se ven obligados a cambiarlo a un colegio católico público de Dublín. Para su fortuna, la industria musical está en medio de una de sus épocas más emocionantes.
Es 1985 y los videoclips se han tomado la televisión. Sentarse a ver MTV o el clásico Top of the Pops (TOTP) de la BBC no era solo un ritual, sino que derechamente cambiaba vidas, y eso le pasa al protagonista, que impulsado por lo genial que luce Duran Duran interpretando «Rio», y sobre todo tras conocer a una atractiva chica, Raphina (Lucy Boynton), se ve obligado a crear una banda para impresionarla.
De aquí en adelante, la música no deja de acompañar a Conor, a quien al principio de la cinta ya veíamos en su pieza, con una guitarra acústica, improvisando con una discusión parental. Todo con el constante “espaldarazo” de su hermano mayor, vínculo que se va alzando como el corazón de la historia.
Con una actitud relajada y apariencia algo descuidada, Brendan (Jack Reynor) es el primogénito que parece haber perdido el rumbo de su vida, pero al mismo tiempo es quien va “educando” a Conor. Lo impulsa a sentarse frente a la TV a ver a los artistas del momento, le muestra vinilos y lo impulsa a crear sus canciones y evitar los covers.
Nuestro protagonista de 15 años de edad pasa así por todo un proceso de búsqueda de identidad, con cambios que suceden a la par de cada banda que va descubriendo y que influyen en el estilo de su propio grupo. Este es otro de los encantos de «Sing Street»: la banda sonora se compone de grandes éxitos, pero también de canciones creadas exclusivamente para el filme, por Gary Clark (líder de la banda escocesa ochentera Danny Wilson), y con aportes del propio director.
El primer tema original que suena es «The Riddle Of The Model», evidentemente influenciado por el new wave y el synth pop, para luego escuchar «Up», una balada más cerca al pop/rock, donde vemos a Conor y el guitarrista Eamon (Mark McKenna) afianzándose como dupla de compositores. Ambas letras, por su parte, están inspiradas por el propio enamoramiento de Conor.
Durante los 80, Irlanda alcanzó uno de sus grandes picos en el índice de migración hacia el Reino Unido. En ese contexto, y tal como en otras de sus películas, los personajes de Carney están construidos en base a sueños y aspiraciones. En coherencia, pese a ser un personaje secundario, Raphina no está limitada a ser una simple musa ni la protagonista de los videos de la banda, sino que con ella muestra otro tipo de realidad, moviéndose a través de sus propias circunstancias, que a los 16 años la han forzado a verse y actuar más adulta de lo que debería.
Sin embargo, «Sing Street» trata también de sueños frustrados. La imagen unidimensional que podíamos tener, por ejemplo, de Brendan, se amplía cuando descubrimos que sufrió el destino de muchos hermanos mayores, aquellos primeros hijos que pagaron la inexperiencia de los padres y abrieron el camino para sus hermanos, y así, de hecho, se lo recuerda a Conor en un punto del metraje.
Pese a esto, el cine del realizador irlandés está lleno de luz y la música es lo que va abriendo grietas para dejarla entrar. Una de las grandes escenas es precisamente aquella en la que Brendan y Conor conversan sobre la idea de abrazar la tristeza, y Brendan termina mostrándole el álbum «The Head on the Door» de The Cure. “They’re happy sad (Ellos son alegremente tristes)”, le dice a su hermano pequeño, quien había escuchado el término de Raphina, y procede a sonar «In Between Days».
En la escena siguiente, vemos a Conor llegando al colegio con un nuevo estilo, para luego escuchar otra canción original, «A Beautiful Sea», que emula el sonido y la estética de Robert Smith y compañía, con su propio videoclip.
No obstante, si hay un track que representa el carácter reconfortante y alentador de la cinta, esa es «Drive It Like You Stole It», que cede al lado más bailable de la década de los 80, y llega luego de ver al protagonista, su hermano y su hermana encerrados en una habitación vibrando con «Maneater» de Hall and Oates, mientras los padres discuten afuera. “This is life, Conor, drive it like you stole it (Así es la vida, Conor, manéjala como la hubieses robado)”, le dice Brendan.
«Sing Street» se levanta entonces como una filosofía. En ocasiones dicen que el mundo real no es como lo muestra el cine, pero en muchos casos las películas sí son un espejo o, al menos, un modo de entender desde fuera escenarios y situaciones que creemos exclusivos, pero que en realidad son universales.
Asimismo, este largometraje de John Carney es un impulso a combatir el sistema, pero a través de actos políticos personales. Escenas como las de Conor negándose a quitarse el maquillaje ante el sacerdote del colegio o finalmente haciéndole frente a su matón, son pequeñas grandes protestas, y darle un rumbo propio a tu vida es todo un manifiesto.