«Pylon» de Beabadoobee

19-10-2026 | Reseñas

La fascinante desorientación del caos

Reseña por: Valito

Beabadoobee ha ido contando su vida en episodios, cada uno con un sonido distinto, como si cada disco mostrara otra versión de sí misma. En «Pylon», su cuarto álbum, esa historia alcanza un nuevo capítulo: la despedida de los veinte, el choque con la adultez y lo complejo de los vínculos. El resultado es un trabajo íntimo, cambiante y muy vivo. Funciona como un punto fijo en medio de una realidad que no deja de moverse y nos lleva del paso del tiempo a la crisis, de la duda a la resiliencia.

Con Hayley Williams, Brendan Yates y Chino Moreno como colaboradores clave de este nuevo universo sonoro, la artista filipino-británica juega todo el tiempo con el contraste. Lo que parece una balada dulce y contenida termina abriéndose hacia el rock, y esa transformación refleja el tira y afloja entre la urgencia de huir y las ganas de pertenecer. 

La desconexión con le otre convive con la búsqueda de un lugar propio, y el miedo a lo incontrolable se vuelve una presión constante. Desde el inicio, el disco pone la introspección frente a la autenticidad y al impulso de seguir sin dejar que la inseguridad marque el rumbo.

Iniciando con todo, la rabia abre el camino en «Sun Has Set», uno de los primeros adelantos de esta era y una declaración de intenciones. La decepción y el enojo por todo lo que quedó sin decir van tomando forma hasta volverse imposibles de contener. En palabras de la propia artista, son esos momentos de “estoy enojada, quédate a escuchar qué tan enojada estoy”: una invitación directa a quedarse dentro de esa furia y sentir su fuerza.

«Estranged» se aleja del sonido pesado de su antecesora para hablar del desapego humano, hacia el mundo y hacia quienes nos rodean. Abrupta, clara y precisa, sirve de puente hacia la impresión de estar atrapada en una realidad que se escapa de las manos. El reloj corre sin pausa y la protagonista busca desde dónde entender lo que vive, pero todo va demasiado rápido para encontrar dónde afirmarse. Esa distancia se transforma en algo mucho más complejo y más común de lo que creemos: estar presente y, aun así, sentir que ya no se pertenece del todo al lugar que se habita.

Grabada durante la más reciente gira de Beabadoobe, nos encontramos con «Switchblade», que inaugura una nueva etapa de este viaje de autoconocimiento. Aquí se mezclan el choque con los propios impulsos, la necesidad de mantener la calma ante lo que incomoda, la inquietud por lo efímero de la juventud y el temor de que todo vuelva a perderse. Son emociones que giran en un ciclo difícil de romper, donde seguir adelante también implica encarar lo que se intenta dejar atrás. Con melodías que remiten directamente a los años 90, el tema parece existir fuera de su época, como si quisiera conservarse en un tiempo que ya no le pertenece.

«Write Me a Letter», con la participación de Matty Healy y George Daniel, de The 1975 en su producción, nos recibe con una dinámica cargada de ansiedad y espera. La duda ante una respuesta que probablemente no llegará se transforma en una pugna interna entre la necesidad de validación y la certeza implacable de que los días siguen pasando. La sobrecarga mental aparece al insistir en un lugar donde la protagonista nunca termina de sentirse segura, y así seguridad e inseguridad quedan frente a frente, sin lograr encontrarse.

Esa dinámica sigue viva en su sucesora, «It’s Alright», pero con un matiz nuevo. La frustración por las expectativas rotas y una mirada cada vez más negativa del amor ahora se asumen con conciencia, y junto a ellas surge el deseo de equivocarse, cambiar y volver a intentarlo. La repetición de “toma el volante y llévame a un lugar donde nunca he estado” suena casi a rendición: soltar el control del camino para descubrir qué hay más allá. Reconocer el error y admitir que, quizás por una vez, las cosas pueden ser distintas. Entre el desencanto y la decepción se abre un margen para la aceptación: entender que no todo tiene que estar resuelto para poder decir que quizás algo podría, en efecto, resultar.

Así llegamos a la mitad del álbum, justo cuando la ilusión empieza a aparecer. En «In Motion» volvemos a un sonido más pesado y crudo, levantado desde el miedo a caer, a perderse y a no poder nombrar con claridad lo que sentimos. Si antes parecía posible dejarse llevar, ahora esa entrega vuelve a generar inquietud.

La segunda parte arranca con una de las canciones más alegres del disco, aunque tras su energía acecha el riesgo de agarrarse al ayer. En «Memories», la nostalgia deja de ser refugio y pasa a ser una forma de quedarse quieta: repetir lo conocido, permanecer en lo que ya fue y, en el afán de conservar el pasado, olvidar cómo vivir el presente. Es una paradoja fascinante: lo que nos hace sonreír también puede ser lo que nos frena.

Después irrumpe «Nothing To Prove», con la voz de Hayley Williams y una energía mucho más potente. Es el momento de empoderamiento del álbum: alzar la voz, tomar las riendas de la propia vida y aprender a alejarse de quienes ya no suman a nuestro crecimiento. Hay una fuerza particular en dejar de buscar la aprobación ajena, soltar las apariencias y la presión de encajar, y reconocerse desde la autenticidad. Vibrante y enérgica, nos recuerda que no hay que demostrar nuestro valor a cada rato para merecer un lugar. Y que, no es necesario sobrepensar tanto lo que hacemos, sino que podemos simplemente hacerlo.

Pero el recorrido emocional no se mantiene siempre en esa intensidad. «Radio» muestra el reverso: el agotamiento, el estrés y la angustia que surgen cuando la realidad no coincide con lo esperado. Si el tema anterior nos empuja a tomar el control, aquí nos topamos con la impotencia de intentar descifrar lo que sentimos mientras lidiamos con lo que no se puede resolver de inmediato. Sus cambios de intensidad la vuelven un sube y baja emocional donde se cruzan el desgaste, el desconcierto y la búsqueda de respuestas. Es el retrato de esos momentos en que seguir adelante significa un peso constante, un paso adelante y tres atrás.

Casi sin darnos cuenta llegamos a «Powerlines», con Brendan Yates, vocalista de Turnstile. Desde las contradicciones de las relaciones a distancia, explora la ambigüedad y la fragilidad de los lazos humanos. Las vidas que se distancian, la ansiedad y las inseguridades de sostener una conexión desde lejos vuelven inevitable el no saber qué viene. Esa fricción entre querer estar cerca y reconocer todo lo que separa es lo que moldea una experiencia tan íntima como difícil de resolver.

«Spark» marca el inicio de la despedida. La oscuridad y la búsqueda de luz se dan la mano en una canción donde la fragilidad se enfrenta al deseo de seguir. Con una melodía sencilla, guiada por la guitarra, Beabadoobee crea un rincón de introspección en el que volver a empezar no significa haberlo superado todo, sino encontrar una razón para intentarlo una vez más. La esperanza llega sin grandes promesas, apenas como una pequeña chispa que permite seguir caminando aunque la ruta siga borrosa.

La penúltima parada, «Despide That», es irónicamente una de las más breves, y nos confronta con lo difícil que es despedirse de algo que alguna vez fue importante. Recoge la resistencia a soltar, el orgullo que impide admitir los errores y la paradoja de saber que algo terminó y no poder desprenderse. Sin embargo, no se queda en el enojo: hay también una comprensión distinta de lo vivido, como si la protagonista empezara a mirar sus propias incoherencias con más madurez. Dejar ir sigue doliendo, pero ya no duele igual que al principio.

Para cerrar, la energía vuelve a subir con «Satellite». Aquí encontramos a una Beabadoobee más frontal, inquieta y decidida a soltar todo lo que le queda por decir. Los coros de Chino Moreno suman otra dimensión a una composición que se mueve entre extremos: arriba y abajo, rapidez y lentitud, sencillez y complejidad. Como en la vida, nada se queda mucho tiempo en el mismo lugar. Bea descarga su cansancio y sus emociones acumuladas en lo que se siente como un último grito lanzado al abismo. No hay respuestas definitivas ni un final perfecto, pero sí compañía en medio de la niebla, como si incluso ese vacío pudiera ser un punto de partida.

Girando sobre su propio eje, paradójico, ambiguo y a ratos pegado al orgullo que cuesta dejar atrás, «Pylon» reúne frustraciones, nostalgia y los enredos de las relaciones humanas junto a las preguntas que trae el crecer. Beabadoobee no intenta ordenar estos sentimientos ni ofrecer una solución a cada conflicto. Deja que las asperezas permanezcan, que las despedidas duelan y que la incertidumbre sea parte del proceso.

«Pylon» puede ser eléctrico y vulnerable, directo y ambiguo, simple en sus melodías y profundo en lo que busca decir. Ayudándonos a entender que al final, crecer no es comprender que sucede a nuestro alrededor, sino que, nos indica que a pesar de los altos y bajos, hay momentos que se pueden apreciar. Aceptando lo que ya no se puede cambiar y siguiendo adelante aunque todavía no sepamos muy bien hacia dónde, siempre preparados para todo lo que se viene.

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