«Suspiria» (1977)
Hay películas de terror que se recuerdan por una escena, un personaje o una historia en particular. Otras, en cambio, quedan en la memoria por cómo suenan. «Suspiria» (1977), del director italiano Dario Argento, es una de ellas, y esta semana de Halloween es un buen momento para hablar de ella.
«Suspiria» ha sido una película reconocida a lo largo de la historia, no solo por sus imágenes y su forma de contar el terror, sino también por su banda sonora, que ya es parte fundamental de su identidad. Detrás de esta música está Goblin, una banda italiana de rock progresivo que creó un sonido difícil de comparar con otras películas del género. Melodías que parecen salidas de una caja musical, voces que susurran y sonidos que aparecen cuando nadie los espera.
La película sigue a Suzy Bannion, una joven estadounidense que llega a Alemania para estudiar en una prestigiosa academia de ballet. Pero lo que parecía una gran oportunidad se va torciendo a medida que ocurren misteriosas muertes y extraños sucesos, hasta que queda claro que el lugar esconde algo mucho más oscuro.
Pero «Suspiria» no solo entra por los oídos. Los colores son muy intensos, con rojos, azules y verdes que llaman la atención de inmediato, y la arquitectura de la academia es imponente, con pasillos larguísimos, puertas enormes y diseños fuera de lo común. El resultado es una atmósfera que parece sacada de una pesadilla.
Para ese mundo, Argento volvió a trabajar con Goblin, con quienes ya había colaborado en su película «Profondo Rosso» (1975). Claro que esta vez el reto era distinto, la música debía transmitir la presencia de las brujas incluso en las escenas donde no aparecen. Según ha contado Claudio Simonetti, tecladista de la banda, esa era una de las principales peticiones del director.
Durante la grabación, el grupo probó con instrumentos poco habituales. A los sintetizadores, guitarras y percusiones sumaron el bouzouki, un instrumento de origen griego, y la tabla, un par de tambores de la India. También usaron objetos cotidianos, como un vaso de plástico puesto frente a un micrófono al que le añadieron eco. Así lograron un sonido muy lejano al de las bandas sonoras de terror de la época.
El resultado fue «Suspiria», un disco de ocho canciones que combina rock progresivo, música electrónica y sonidos experimentales. El tema principal, que comparte nombre con la película, arranca con una melodía que recuerda a una canción de cuna. Pronto aparecen los susurros, las percusiones y los sintetizadores, y lo que sonaba inocente se vuelve cada vez más oscuro. Esa mezcla de ternura y miedo resume muy bien lo que es la película.
Otras canciones, como «Witch» (“bruja”) usa percusiones mucho más intensas, con gritos y voces extrañas que parecen parte de un ritual antiguo. «Sighs» (“suspiros”), en cambio, es mucho más suave y demuestra que el miedo también puede llegar sin sonidos fuertes. Cada canción aporta algo distinto, pero todas dejan la sensación de que algo malo está por ocurrir.
En la película, la música no solo ocupa el rol de acompañar a las escenas de terror, sino que también ayuda a conservar ese sentimiento de inquietud que mantiene a los espectadores en tensión, incluso cuando en pantalla no está pasando nada aterrador.
Casi cincuenta años después de su estreno, «Suspiria» sigue siendo una película de culto, y su banda sonora se ha convertido en uno de los trabajos más recordados de Goblin. Demostrando cómo la música puede ir mucho más allá de acompañar una imagen y convertirse en una parte fundamental de la historia. Porque en «Suspiria» el terror no solo se ve, también se escucha.