A 15 años de «Bon Iver, Bon Iver»

21-06-2026 | Reseñas

Lugares como personas como tiempo: la importancia de la insignificancia 

Reseña por Jota

Justin Vernon, el mismo tipo que grabó su primer álbum, «For Emma, Forever Ago» solo en una cabaña, atravesando una enfermedad y un corazón roto, el que terminó siendo uno de los discos indie más amados de los dosmiles; 4 años más tarde nos regalaría su continuación natural. Cambió su aproximación tanto a la escritura como a la grabación, y es que, en sus presentaciones en vivo como Bon Iver, ya estaba coqueteando con la idea de incorporar músicos a su proyecto, incluyendo cada vez más instrumentos en el escenario, pero lo que ocurre en este álbum, a nivel instrumental, es tan obvio como sorprendente. 

«Bon Iver, Bon Iver» se estrenó el 21 de junio, justo en el solsticio que da bienvenida al invierno en este lado del mundo, pero que para él es la despedida, y el verano llega con esperanza y cambios. Desde el primer track se diferencia inmediatamente de su predecesor, lenta pero segura, la producción va poniéndose cada vez más ambiciosa y expansiva. 

Provee una experiencia sonora inmersiva que, cada vez que lo escuchas (porque requiere más de una escucha), te entrega un sonido o una capa que antes habías dejado pasar.

Juega con las capas de sonido que entran, se mezclan y se desvanecen sin un patrón predecible, formando un crescendo en algunos momentos y, en otros, un silencio casi completo. También cambia la cadencia, la intensidad y la sensación de las canciones de sorpresa. Por supuesto que no olvida su amada guitarra acústica, pero la acompaña de toda clase de instrumentos: una sección de cuerdas, trompeta, corno francés, guitarras eléctricas, saxofón, batería, vibráfono, palmas, maracas, teclados, órgano, sintetizadores, etc., logrando un sonido muy único que da la sensación de naturaleza, incluso lleno de sonidos electrónicos.  

Incluyendo el rango completo de su voz, desde la más profunda a su reconocible falsete, y las voces que procesa con autotune, presenta una mezcla de expresividad, emotividad y un tinte de mundos de fantasía. Además, las canciones fluyen con gracia de una a otra, como si se tratara de una cascada, con transiciones imperceptibles en muchas de ellas.  Libres de la estructura más clásica de una canción, los temas del álbum corren más como poemas abstractos, conversando con algunos ruidos o cambios en las canciones.

«Perth» fue la primera canción de este disco que hizo. Comienza con un silencio y va integrando sonidos muy de a poco con un tambor como de una marcha fúnebre, hasta que, al comienzo del primer coro, estalla en un arreglo de orquesta. Resulta que estaba haciendo un videoclip con Matt Amato, a quien no conocía muy bien. En esos días  su mejor amigo, Heath Ledger,  falleció, él era originario de Perth. De pronto la instancia ya no se trataba de hacer un video de Bon Iver sino de acompañar a Matt en su duelo. Las primeras palabras de la canción tienen que ver con el sentimiento de Matt: “I’m tearing up” que llevan un doble significado; estar llorando y estar desgarrándose, ambas ciertas y una como consecuencia de la otra.

Justin cree que Perth tiene un sentimiento de aislamiento,  y le pareció que rimaba con “birth” (“nacer”), y todas las canciones que hizo después de alguna forma salen de ese gran tema, ligándose a lugares y tratando de explicar lo que son y no son. Varios de los títulos de las canciones son nombres de lugares, algunos reales y algunos que suenan reales pero no lo son, pero todo esto tiene menos que ver con geografía que con estados mentales que están entre la realidad y el surrealismo.

«Minnesota, WI» habla sobre el pueblo Hmong, un grupo étnico de Asia que fue reubicado luego de que China construyera una represa que inundó el valle donde habitaron por generaciones, obligándolos a migrar a diferentes sitios, uno de los cuales fue Minnesota, Wisconsin, que ahora alberga a la mayor población de gente Hmong fuera de Asia. Justin creció en Eau Claire, Wisconsin, a poco más de una hora del lugar donde ocurrió la rotura de una presa el mismo año que se graduó del colegio. Así, la canción explora la memoria, los cambios y el sentido de pertenencia a un lugar. Musicalmente incorpora bajos intensos, una percusión magnífica, riffs de guitarra, y va cambiando de ritmo constantemente.

«Holocene»: es el nombre de un bar en Portland donde Vernon pasó una noche dura, pero también es una era geológica, nuestra era actual, que comenzó hace 10.000 años, justo después de la última era de hielo glacial. El ritmo en esta canción lo llevan dos guitarras acústicas, paneadas una a cada lado e intercambiándose. La tensión va construyéndose y liberándose con la entrada y salida de múltiples capas de instrumentos. 

Vernon explica que todas las canciones se desprenden de la idea de que los lugares son tiempos, y las personas son lugares y los tiempos son personas, y que todo puede ser diferente y lo mismo al mismo tiempo. Con la icónica línea “And at once, I knew I was not magnificent” (y de una vez, aprendí que no soy magnífico) dice que nuestras vidas pueden sentirse como estas eras cuando finalmente solo somos polvo en el viento, sin embargo, hay significado en esa insignificancia. 

En «Towers» compara los retos y dolores de enamorarse con cuentos de hadas, entonando su característico falsete sobre una guitarra acústica, simple al principio, pero que va uniéndose con otros instrumentos hasta estallar en un punto en el medio para volver a calmarse al final. «Michicant» sigue explorando el tema del amor,  pero de forma mucho más oscura, mirando al pasado a cosas que no resultaron porque aún no era la primavera. «Michicant» es un juego de palabras con Michigan y la palabra “can’t” (no poder), y Justin explica que la canción habla de cosas que ya no puede hacer, y que si vuelve a hacerlas estaría condenado a volver a Michigan, aka el infierno.

En «Hinnom, TX», Bon Iver toma el valle de Hinnom, un lugar en Jerusalén que ha sido usado históricamente como cementerio para personas sin nombre, y lo traslada a Texas en su imaginación. Crea un ambiente etéreo usando reverberación y otros efectos en su voz, acompañada casi exclusivamente de sonidos electrónicos de sintetizador, explorando cómo el fin de algo es el inicio de otra cosa, y con ello la aceptación de la muerte como parte de la vida.

«Wash.» suena como agua en todas sus formas; el piano como gotas de lluvia derritiendo la nieve, capas de cuerdas entran y salen como la marea en la orilla de una playa y en momentos explotan en las rocas, y la voz que fluye como un río. Y es que si bien «Wash.» calza dentro del tema de nombres de lugares como una versión corta de Washington, trata sobre la lluvia que derrite la nieve en Eau Claire, tomando los cambios que genera la primavera en el paisaje invernal como metáfora del crecimiento personal. 

«Calgary» lleva el nombre de una ciudad canadiense en la que Justin no había estado hasta ese momento (15 años después quizás cambió la cosa), la idealizó como una capital aislada entre montañas como una especie de refugio emocional, el lugar de donde viene el amor verdadero, y la usa como una representación abstracta de votos matrimoniales, pero entre personas que no se conocen aún y se prometen cosas. Es un poco sobre el peligro y la belleza de las expectativas cuando toman forma, ya sea de un amor o de un lugar, y del desenamoramiento cuando esas barreras se caen.

«Lisbon, OH» continúa la línea de los nombres de lugares, y es una canción instrumental que Justin compuso mientras escribía cartas a su amigo que cumplía una condena de 3 años en una prisión en ese lugar de Ohio, luego de intentar volar dos edificios universitarios para el Frente de Liberación de la Tierra, en contra de la explotación y destrucción del medio ambiente. Con sus sonidos electrónicos y atmosféricos, calma las aguas luego de «Calgary» y pavimenta el camino hacia el gran final del álbum.

«Beth/Rest» llega como la calma luego de la tormenta, un amor maduro, incondicional y lleno de aceptación, que ha logrado perdurar en el tiempo y ante la adversidad. Si «Perth» es el nacimiento, «Beth/Rest» es la muerte, pero una buena muerte, un descanso más no el final de todo, y lo hace con unos teclados, batería y sección de cuerdas sacados de la balada más empalagosa de los 80’s, pero funciona maravillosamente.

La portada estuvo a cargo del artista Gregory Euclide, quien pintó una escena que encapsula perfecto lo que se siente al escuchar el álbum: la nieve derritiéndose ante la llegada de tiempos más cálidos… o lo contrario, el frío recién instalándose invitándonos a refugiarnos en el interior.  Y si el disco anterior era sobre pérdida, este sería sobre nacimiento. La portada da una sensación de transformación: cosas decayendo para que otras puedan crecer.

Es un álbum cuyas letras no son fáciles de entender a primera vista, no lo hizo con esa intención. Hizo lo que quiso porque lo hizo feliz, no le importaba si el resto del mundo (o él mismo) no lo entendía por completo. Plantea muchas más preguntas de las que responde, pero su música le habla al alma, y lo puedes sentir aunque no lo entiendas por completo, o en absoluto.

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