David Lynch

30-01-2025 | Jueves de Cine

De lo raro, poco. Este jueves de cine hablaremos a una de las mentes más intrincadas y surrealistas del último tiempo: David Lynch.

Un artista multidisciplinar que hizo del sonido y la música un personaje más de sus obras al diseñar atmósferas que bailan entre lo hipnótico y lo perturbador. Desde un zumbido eléctrico en «Eraserhead» hasta susurros espectrales en «Twin Peaks», su universo sonoro se perfila con una estampa, riqueza y complejidad únicas.

A modo de homenaje, hoy se mencionan algunas de las anécdotas de vida que fueron dándole forma a su mente creativa, las cuales él mismo relata en primera persona en el documental «The Art Life» (2017), para luego rescatar la manera en que la música acompañó su carrera mediante grandes colaboraciones y cuatro álbumes de estudio.

Esto pues, si de cosas trascendentales se trata, la música sin duda fue para Lynch algo tan fundamental en la vida como el respirar.

En el mencionado documental «The Art Life» dirigido por Rick Barnes, Jon Nguyen y Olivia Neergaard-Holm, David Lynch declara desde el principio que desde niño siempre estuvo rodeado de creatividad. Pasaba horas dibujando. Comenta sobre la fortuna que tuvo de tener una madre que fomentara ese talento a tan temprana edad al prohibirle usar libros de colorear para así no limitar su imaginación.

En ese contexto de equilibrio y tranquilidad inocente, relata uno de los recuerdos más extraños y perturbadores de su primera infancia: durante una noche de juegos con sus hermanos en la calle, vio salir de entre los árboles a una mujer desnuda y ensangrentada desde el otro lado de la vereda. Señala que le parecía gigantesca y que estaba completamente consciente de que algo andaba muy mal con ella. Ante la impotencia de sentir que, por ser solo un niño, no podía hacer nada, se sentó en el suelo, rompió en llanto y ya luego no recuerda nada más. Lynch sintió que aquella escena pertenecía a otro mundo. Esa imagen quedó grabada en su memoria e influiría profundamente en su estética cinematográfica.

Desde temprana edad, Lynch se sintió ajeno a los entornos académicos. Odiaba estudiar y su interés estaba en lo que ocurría fuera de la escuela. Sus experiencias, amistades, amores y sueños eran oscuros y fantásticos. Una noche, mientras estaba con su novia frente a su casa, conoció a un joven de un colegio privado que le dijo que era pintor, al igual que su padre. En ese instante, Lynch comprendió que él también podía ser pintor. Le rogó que lo llevara al estudio y, cuando lo vio, quedó fascinado. Era un espacio típico de artista, con áreas dedicadas exclusivamente a la pintura y otras al dibujo. Observaba cómo este nuevo amigo tomaba café, fumaba y pintaba. Para él, aquello era la felicidad. En ese momento, la vida del arte tenía sentido.

Junto a su primera esposa, Peggy Lynch, encontró más adelante unos negativos borrosos. Fue entonces cuando sintió que quería hacer animación. Inició su exploración con cortometrajes experimentales, probando, equivocándose y buscando algo sin saber con exactitud qué. Trabajó sin descanso y, sin muchas expectativas, aplicó a un concurso de cineastas. Competía en ese entonces con directores establecidos, así que envió su postulación con mucho miedo y tristeza. Para su sorpresa, meses después recibió una llamada que cambiaría su vida: había ganado un premio del American Film Institute en el año 1970. De no haber sido por ese reconocimiento, no sabe qué habría sido de su futuro como artista, dado el contexto de precariedad económica que vivía con su familia en ese entonces.

Gracias a este premio, pudo desarrollar su primer largometraje, «Eraserhead» (1977). Las filmaciones se realizaron en un ambiente industrial, lluvioso y lleno de humo, fábricas y estructuras de acero. Ese paisaje se convirtió en una fuente de inspiración para toda su obra. Fue una de sus mejores experiencias en el cine: construyó un mundo propio con casi nada de dinero. Además de lo visual, el sonido y la música fueron clave. Junto a Alan Splet, crearon una atmósfera industrial inquietante y envolvente. De esta colaboración también surgió la icónica canción «In Heaven», interpretada por Laurel Near.

A partir de «Eraserhead», la música trascendió de ser algo importante en su vida a ser medio de creación y pilar esencial de su trabajo audiovisual. De a poco fue perfilando una metodología de trabajo conjunto con los músicos que contrató para sus películas, en donde el resultado sonoro fue siempre fiel a su visión. Para Lynch, la música fue siempre algo tan relevante en la vida como respirar:

“La música es una de las cosas más fantásticas, casi como el fuego, el agua y… y el aire. Es como, es como una cosa. Y, um, hace mucho. Hace algo por el intelecto, hace algo por las emociones. Y cierto tipo de música puede hinchar el corazón hasta casi reventar. Lágrimas de felicidad brotan de tus ojos. No puedes creer la belleza que viene. Y viene de estas notas”  («Beatles ‘64», 2024)

Algunas de sus colaboraciones más relevantes fueron con la banda TOTO para el soundtrack de su adaptación de «Dune» (1984) y con Michael Jackson, cuya colaboración concluyó en la dirección del cortometraje de presentación del álbum «Dangerous» (1991).

Sin embargo, su colaboración más importante fue con el compositor Angelo Badalamenti, con quien fusionó jazz, música clásica y sintetizadores para crear paisajes sonoros específicos para cada proyecto. Inicialmente, Badalamenti fue contratado como entrenador vocal para Isabella Rossellini, protagonista de «Blue Velvet» (1986), pero Lynch quedó tan impresionado con su trabajo que le pidió que hiciera la banda sonora completa. Juntos diseñaron los icónicos temas de «Twin Peaks» (1990), consolidando una metodología donde Lynch describía imágenes abstractas y emociones detalladas que Badalamenti traducía en música.

Otras de sus grandes colaboraciones resultaron en una icónica canción llamada «Pinkie’s Dream» (2011) junto a Karen O, la que fue una de sus propuestas más comerciales. En otra colaboración musical con Lykke Li, publican la canción «I’m waiting here» (2013) y su respectivo videoclip, donde se muestra un viaje que funciona como metáfora de la soledad, el paso del tiempo y el eterno retorno. Lynch también produjo un concierto de Duran Duran «Unstaged» (2011) transmitido por streaming en YouTube, donde creó un mundo visual paralelo mientras la banda tocaba en vivo. Con Moby trabajó en «Shot in the Back of the Head» (2009), un cortometraje animado en blanco y negro, mientras que con Trent Reznor colaboró más a fondo para la banda sonora de su película «Lost Highway» (1997), aportando una atmósfera más oscura y separándose de lo que ya se conocía con Badalamenti. Por último, para «I Touch a Red Button Man» (2011) de Interpol, Lynch dirigió un cortometraje psicodélico que expandió la estética enigmática de la banda.

Además de estas colaboraciones, es imposible dejar fuera el desarrollo autoral de Lynch en el ámbito de la composición musical, sin ser músico profesional y valiéndose de un manejo instrumental bastante peculiar: conocida es la manera en que curiosamente tocaba la guitarra ubicada de forma horizontal sobre sus piernas. Con estas bases publica 4 álbumes de estudio: «BlueBOB »(2001), «Dark Night of the Soul» (2010), «Crazy Clown Time» (2011) y «The Big Dream» (2013), transitando por el blues, jazz, rock and roll y sintetizadores abstractos y etéreos.

De esta manera, y como acuerdo común implícito, David Lynch fue más que un cineasta. Su forma exhaustivamente espiritual de ver el mundo, de traducir emociones complejas en imágenes y en sonidos, es un legado que no demasiados humanos a lo largo de la historia nos han regalado. Su universo desafía lo convencional y sumerge al espectador en una experiencia sensorial única. Y, sin embargo, nunca será suficiente un relato sobre su vida, su obra o sus historias. Como su propio arte, Lynch escapa a las definiciones, trascenderá más allá del tiempo, y probablemente también del espacio, motivándonos a vivir la vida del arte y a siempre mantener la vista en la dona, mas no su agujero.

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