«I Saw The TV Glow»
El resplandor de un televisor arropa a un par de jóvenes viendo un drama adolescente sobre poderes psíquicos, monstruos y un villano misterioso al acecho. Lo que en un momento parece ficción, poco a poco comienza a atravesar la realidad de estos adolescentes, más allá de la pantalla. Bajo esta siniestra premisa, en este Jueves de cine hablamos sobre «I Saw The TV Glow», una de las cintas más transgresoras que el terror nos ha regalado esta década.
Alabada por cineastas de la talla de Martin Scorsese («Taxi Driver»), comparada con los trabajos de un inigualable como David Lynch («Twin Peaks») y adorada por la comunidad LGBTQ+, el segundo largometraje de Jane Schoenbrun se ha convertido en una obra de culto por su maestría al combinar elementos del coming of age (la transición de la niñez a la adultez) y plantarlos sobre el terreno del horror psicológico.
Partiendo como una alegoría trans, hecho que se arraiga directamente a su directore, la cinta narra las vidas de Owen (Justice Smith) y Maddie (Jack Haven), dos chicos cuyas habilidades sociales son prácticamente inexistentes y cuyo vínculo amistoso surge a través de su obsesión/amor por The Pink Opaque, un programa juvenil donde un dúo de adolescentes lucha contra un ser oscuro llamado Mr. Melancholy.
A través de la serie, la cual funciona como un homenaje a «Buffy la Cazavampiros» (1997), nuestros protagonistas van definiendo y descubriendo aspectos sobre sí mismos, a la par que notan que simplemente hay algo que no tiene sentido en su realidad.
Schoenbrun construye el miedo de manera existencialista en «I Saw The TV Glow» por medio de varias preguntas: ¿Qué pasa cuando no nos permitimos ser? ¿Qué sucede cuando decidimos quedarnos dentro de los bordes de lo hegemónico? ¿Por qué debemos ser lo que otros esperan de nosotres?
Esos cuestionamientos se muestran en el filme en su paleta de verdes, morados y rosas que se esconden en la inmensidad de la oscuridad; en sus secuencias de terror donde realidad y ficción colisionan con violencia en hechos surrealistas y, sobre todo; en donde más queremos hacer énfasis, en su música.
Para hablar de esta obra, es intrínseco hablar del aspecto musical; una no se comprende al 100% sin la otra y es que su cineasta es un melómane de cepa.
Hay un sinfín de referencias a lo largo y ancho del proyecto. La primera que podemos mencionar compete a su antagonista, cuyo diseño está inspirado en la estética del video musical de «Tonight, Tonight» de The Smashing Pumpkins y su nombre en el disco de origen de dicha canción («Mellon Collie and the Infinite Sadness», 1995).
Otra de la que vale la pena hablar es la banda sonora compuesta por Alex G. Una de las figuras míticas del indie rock y la folktronica estadounidense colabora por segunda ocasión con Schoenbrun en un score que reviste el estilo del cantautor de sintetizadores escalofriantes similares al trabajo de John Carpenter y arreglos de guitarra que caminan una cuerda floja entre ruido y calma.
Por último, pero no menos importante, destaca su elenco, donde tenemos a varios artistas haciendo acto de presencia, tales como Lindsey Jordan (Snail Mail) y Fred Durst (Limp Bizkit), quienes tienen papeles secundarios dentro de la cinta, aunque no son los únicos presentes. En los casos de Sloppy Jane, Phoebe Bridgers y King Woman, sus contribuciones son breves cameos como ellas mismas, interpretando canciones originales para el soundtrack de la película.
Se debe hacer especial énfasis en lo que se hace con la banda sonora de «I Saw The TV Glow». En la era del streaming musical, donde la idea de hacer una colección de composiciones inéditas para una cinta se ha vuelto obsoleta, su directore decide apostar por varias de las propuestas más atractivas del circuito alternativo actual y las une en lo que elle describe como “el mejor mixtape de los 90 que aún no existía”.
El disco no busca ser un proyecto de vanidad que presuma el alcance que tuvo Schoenbrun para juntar a tantos y tantas artistas increíbles, su intención es reivindicar a este tipo de álbum como otro motor narrativo para lo que se cuenta más allá de las limitaciones cinematográficas.
Algunas de las canciones ambientan los suburbios noventeros donde viven Owen y Maddie, como se escucha en la mezcla de pop y grunge que es «Starburned and Unkissed» de Caroline Polachek o el emo de «The 90s» de la agrupación Proper.
Otras quieren meterse de lleno en los gustos de sus protagónicos, como el cover de yeule de «Anthems for a Seventeen Year-Old Girl». Originalmente del colectivo canadiense Broken Social Scene, la reversión de la singapurense es algo que el personaje de Jack Haven perfectamente podría estar escuchando a todo volumen.
Sin embargo, hay dos canciones que son trascendentales dentro de la historia. La primera es «Claw Machine», una balada indie folk que tiene a Sloppy Jane y Phoebe Bridgers hablando del temor a abrirse hacia sus seres queridos sobre su orientación sexual, pero que se relaciona en ciertos versos con la psique del personaje de Justice Smith (“I think I was born wanting more, I think I was born already missing you”).
El segundo es «Psychic Wound» de King Woman, un rock industrial cuyas líneas hablan explícitamente sobre una relación posesiva, pero que, dentro del contexto del largometraje; forman parte de una revelación que da un giro sorpresivo a la relación del programa y nuestros estelares.
A todas estas aportaciones musicales se les aplaude el interés por mantener una forma estilística a lo largo del disco. Su anacrónico rock alternativo noventero traspasa fronteras y se mimetiza en los diferentes géneros que maneja cada intérprete, reflejando la visión cohesiva de su curadore.
Con estos diferentes elementos enmarcando el sufrimiento existencial por adaptarse a los moldes heteropatriarcales, la película sabe proyectar las dificultades de crecer sabiendo que no siempre puedes ser tú mismo.
Este es un hecho que miles dentro de la comunidad queer sobrellevan, e incluso otras tantas nunca dejan de padecer. Aunque el largometraje sea mayormente relacionable a dicha colectividad, su valía recae en que el mensaje sigue siendo universal. Aunque tal vez existan seres paranormales dentro del arte, el peor horror que existe es tener que ser algo que no eres.